jueves, 19 de agosto de 2010

¿Por qué no nos enseñaron así la Historia?

Acabo de leer "La dinámica del Capitalismo" (1977), del historiador francés Fernand Braudel (1902-1985). La lectura es tan disfrutable que casi podría calificarla como alucinante. ¿Por qué no nos enseñaron nuestra historia de esta manera, en México?


Básicamente, Braudel -representante del movimiento de historiografía llamado Escuela de los Annales- propone el manejo de 3 tiempos históricos: el de larga duración (la descripción y análisis de las costumbres, lo que llama "vida material" de la gente), el de las coyunturas (ocupaciones de unos países sobre otros, bloqueos o auges comerciales, etc.) y finalmente, el de los episodios (los grandes acontecimientos que conforman la historia tradicional y que, sin embargo, duran poco).


Al comienzo de este breve texto, Braudel aclara:
“Un pasado multisecular, muy antiguo y muy vivo, desemboca en el tiempo presente al igual que el Amazonas vierte en el Atlántico la enorme masa de sus turbias aguas”.


Braudel se propuso unir la historia económica a la historia mundial, y como resultado erigió una crítica brillante al capitalismo (mucho deberían de aprenderle los perredistas que intentan criticar el modelo económico vigente... ).
Para comenzar, parte del estudio de la "vida material", es decir, del conjunto de inercias invisibles que ocupan gran parte de la vida de todas las personas, pues éste es la base sobre la cual se sostiene la economía. "He querido ver y mostrar este conjunto de historia —generalmente mal apreciado— vivido de forma mediocre, y sumergirme en él, familiarizarme con él", escribe acerca de la vida material.

Y la vida material se nutre de la economía de mercado, que no es otra cosa que aquélla basada en el intercambio de bienes y servicios entre productor y consumidor... pero, ¿cómo distinguir aceptablemente el capitalismo de la economía de mercado?

Para responderlo, el historiador esboza 2 tipos de economía de mercado:
Los de tipo A son los intercambios cotidianos, locales o a corta distancia, rutinarios, previsibles, abiertos; se da entre campesinos, artesanos (productores) y clientes. De vez en cuando hay un intermediario entre el cliente y el productor... Este hombre puede influir en los precios, subiéndolos al almacenar mercancía para provocar escasez; incluso puede ser un revendedor que le compre barato al campesino a la salida del pueblo, para vender luego más caro. Y esta práctica puede generalizarse. Es el intercambio del tipo B.


En cuanto nos elevamos en jerarquía de los intercambios, predomina el tipo B. A lo largo de la historia, surgen evidencias de la proliferación de un tipo de intercambio con intermediarios, donde la competencia no juega ningún papel, sino que los precios varían en función de intereses de esos intermediarios. El mercader o intermediario cuenta con 2 ventajas: es el único que conoce el “mercado”, es decir, tanto al productor como al consumidor, y es el que tiene el efectivo o dinero para pagar la mercancía. Pronto ese intermediario contará con otro, y luego con otro… mientras más largas son las cadenas de intermediación, se ve con más claridad el capitalismo. La acumulación de capital crece, pues la cadena se va a donde estén los mayores beneficios; el comercio a larga distancia se queda en pocas manos (capitalistas), mientras que el local descansa en múltiples manos.

Entonces, resumiendo, hay 2 tipos de intercambio, uno competitivo, elemental y transparente; otro, superior, sofisticado y dominante. La esfera del capitalismo se sitúa en el segundo. Todo se sostiene sobre la base de la vida material, pero son distintos. "Todo capitalismo está hecho a la medida de las economías que le son subyacentes".

Otra característica del capitalismo es que "es impensable sin la complicidad activa de la sociedad", es decir, una gran masa que permita a unos pocos ostentar y acumular riqueza. "Los éxitos individuales deben inscribirse casi siempre en el activo de las familias vigilantes, atentas y consagradas a incrementar poco a poco su fortuna y su influencia".

La sociedad capitalista requiere que la propiedad y los privilegios sociales estén “relativamente a salvo”. Pero, aclara, el capitalismo no inventó las jerarquías, sino que las utiliza. Las jerarquías han estado ahí desde antes y la prueba es que los países no capitalistas no han podido suprimirlas.

Concluye Braudel que el capitalismo, desde entonces, no ha cambiado (obviamente, esto fue publicado en 1977).

Lo cierto es que, como observa este autor, el capitalismo:

1. Sigue apoyándose en la explotación de los recursos y posibilidades internacionales.
2. Sigue contando con monopolios; es decir, la organización impera sobre el mercado (los precios no los fija la libre competencia).
3. Persiste aún la división: vida material, economía de mercado y capitalismo.


En resumen, no nos dejemos engañar cuando algún economista o político vehemente nos quiera vender gato por liebre, diciéndonos que la economía de mercado sí que funciona y que tiene su propia lógica, y que bla, bla... Porque no son lo mismo.

Para leer el libro:
http://www.fing.edu.uy/catedras/disi/ctysociedad/Materiales%202009/Fernand%20Braudel_La%20Dinamica%20del%20Capitalismo.pdf

viernes, 13 de agosto de 2010

Ciudadanía y género en la democracia




Durante la primera semana de clases, tendremos la visita de Alberto Aziz Nassif, investigador del CIESAS y autor de numerosos libros sobre democracia y ciudadanía, todo enmarcado en la transición democrática que vive México. En estos días leí la reseña que el mismo Aziz escribió sobre el libro “The citizens debates. A reader”, de Gershon Shafir. Y ya que estaba con Aziz, leí la reseña de su libro “México al inicio del siglo XXI", escrita por Alicia Ziccardi (investigadora de la UNAM). Los libros se los debo. Mientras tanto, va una síntesis de las reseñas. Me pareció todo por demás interesante; además tiene que ver con mi tesis, el tema es muy amplio y por lo tanto, retador. Da para divertirse durante los 3 años que dura el doctorado, y hasta más.

Los temas abordados en cada texto mantienen una relación de parentesco. Ciudadanía y democracia son dos conceptos que, con un poco de sentido común, sabemos que están unidos, pero con la lectura de estas reseñas nos damos cuenta de que no puede existir uno sin el otro.

El texto de Shafir, de acuerdo con la reseña escrita por Aziz Nassif, presenta un recuento histórico sobre la ciudadanía, como una construcción conceptual y social que ha ido cambiando a lo largo del tiempo: desde la visión de los griegos, pasando por el imperio romano y las ciudades medievales. Llega luego a la tradición liberal y, en este punto, da cuenta del debate entre liberales y comunitaristas (Adrián Oldfield, entre estos últimos): mientras que los primeros defienden el pluralismo, la libertad individual y la separación Iglesia – Estado, los segundos señalan que una sociedad democrática moderna debe estar organizada en torno a una idea sustancial de bien común, y que la participación en la comunidad debería estar por encima de la libertad individual... un debate aún vigente, ¿no es así?

Esto lleva a discutir si la ciudadanía es una condición dada, preexistente al nacer en determinada sociedad, o si debe irse construyendo mediante la participación en esta sociedad. Un concepto más elaborado es el de la posición socialdemócrata (T. H. Marshall), según la cual, la ciudadanía es como un pastel de tres capas: primero están los derechos civiles, que son básicos y su universalidad habría quedado determinada desde principios del siglo XX; luego fueron reconocidos los derechos políticos, que alcanzaron su máxima expresión con el sufragio universal, garantizado a mediados de ese siglo; y finalmente, los derechos sociales, como el acceso público a la seguridad social, que en democracias como la mexicana aún no están consolidados. Sólo la garantía plena de estos tres derechos permitiría hablar de ciudadanía, de acuerdo con Marshall.

El siguiente capítulo del libro pone en cuestión precisamente este modelo de Marshall. La realidad es más compleja que la teoría, de acuerdo con Fraser y Gordon, pues hacen ver que en la mayoría de los países –México, incluido- existen enormes dificultades para conciliar los derechos políticos con los derechos sociales. La desigualdad impide la universalidad de los derechos sociales, como evidentemente ocurre en un país donde la mitad de los habitantes viven en pobreza extrema. Tenemos derecho a elegir, sí, pero no la capacidad para cambiar nuestras condiciones de vida.

En este punto, hay una coincidencia con el libro “México al inicio del siglo XXI…”, de acuerdo con la reseña de Ziccardi, pues este texto aborda precisamente distintas visiones sobre los problemas de este país para pasar de la transición electoral (año 2000) a un sistema democrático completo o satisfactorio. De acuerdo con la autora, Aziz Nassif presenta 7 grandes dilemas de la democracia mexicana:

1. ¿Qué sigue después de haber logrado los derechos electorales mínimos?

2. ¿Cómo hacer compatibles nuestras instituciones democráticas con los hábitos de cultura política?

3. ¿La democracia debe cubrir sólo reglas, o también valores?

4. ¿Es posible el equilibrio entre una economía de mercado y el sistema democrático?

5. Si la respuesta a la pregunta anterior fuera afirmativa, ¿cómo resolver las tensiones que esa economía provoca?:
Enfrentamiento entre globalización y culturas locales.
La multiculturalidad.
Los acomodos de la gobernabilidad y la ciudadanía.

6. ¿Por qué la desafección ciudadana?

7. ¿Cómo opera la massmediatización de la sociedad?

El libro coordinado por Aziz Nassif analiza los problemas de la democracia mexicana desde 3 ámbitos: el político-institucional, en el que está pendiente una reforma de estado, para garantizar que las reglas e instituciones estén basadas en los consensos más amplios; el de la ciudadanía y el corporativismo, que en México desafortunadamente todavía van de la mano, en el marco de una ciudadanía frágil; y el de las políticas públicas, limitadas por la decreciente función reguladora del Estado y la devastadora desigualdad a la que nos enfrentamos.

La democracia mexicana es, entonces, procedimental. Este libro concluye que todavía falta mucho para lograr una sociedad civil libre y activa, autónoma y valorada políticamente. Y es en los ámbitos político-institucional y el de la ciudadanía, donde ubicaría conceptualmente los problemas de México para garantizar los derechos sociales a todos sus habitantes.

Otro elemento importante es la forma en que las crecientes migraciones, así como todas las consecuencias de la globalización, impactan sobre el concepto de ciudadanía.

El ciudadano ya no es el que nació y creció en un mismo sitio toda su vida. La esencia local y nacionalista que antaño adquiría ese vocablo, se contrapone con la convivencia de distintos grupos étnicos. Al respecto sé que existe abundante literatura, pero sólo mencionaré algunas ideas del artículo “Ciudadanía hermenéutica (Un enfoque que rebasa el multiculturalismo de la aldea global en la sociedad del conocimiento)”, de Jorge Aguirre Sala (2009). El autor propone ir más allá de la pluriculturalidad (que no rebasa el relativismo), para rescatar el concepto de la hermenéutica como la fusión de los horizontes de significatividad, es decir, la preservación de la identidad individual, enriquecida con la comprensión del Otro. No se trata sólo de tolerar al Otro, como propone el multiculturalismo. No. La base es reconocer nuestros prejuicios, para reconocer el horizonte de lo que nos resulta significativo. Sólo así podría lograrse la tan mencionada “asimilación” de otras culturas en la propia, pero no para integrar a los Otros a Nosotros, sino para formar juntos una nueva cultura que responda o vaya en armonía con nuestro proyecto individual y social. Y reconstruir ese proyecto será sin duda necesario.

El tema es extenso, por lo que sólo cabrá mencionar una última coincidencia. En el libro "The citizen debates. A reader" de Gershon Shafir, se menciona la crítica que el feminismo académico ha venido construyendo alrededor de la ciudadanía (nuevamente, citando la reseña escrita por Alberto Aziz Nassif). Es decir, ésta ha sido una construcción social ligada íntimamente al patriarcado. O al menos así surgió. La ciudadanía es por excelencia una cualidad o condición de lo público, mientras que las mujeres –como se sabe- estuvieron durante siglos confinadas o condenadas al mundo de lo privado, ese espacio que alcanzó su máximo esplendor a partir de la tradición liberal.

La exaltación del hogar y la idea del espacio privado como la piedra angular de la sociedad, le fue vendida a hombres y mujeres. Y a éstas se les convenció de que era la tarea que naturalmente les correspondía, y que no era tarea menor ¡ni más ni menos que educar y formar a los individuos que construirían mejores sociedades! Y efectivamente, no es tarea menor. De hecho, es crucial. Pero ya se ha evidenciado y documentado durante décadas que esa labor no pertenece naturalmente a las mujeres ni a los hombres.

La división entre lo natural y lo social ya ha quedado bien clara, gracias al feminismo académico. Entonces ¿qué falta para alcanzar una ciudadanía incluyente, en la que el género no sea un factor de marginación?

Iris Marion Young, citada por Kathleen Jones, en el texto de Shafir, critica la concepción universalista de la ciudadanía, que obviamente no ha incluido a las mujeres. Lo cierto es que el feminismo ha dejado en evidencia la necesidad de replantear todo lo político, lo que tiene que ver con la polis (según el concepto de Platón). Esta necesidad va en perfecta concordancia con el consenso que se ha alcanzado respecto al tema, en los últimos años: la urgencia de extender, de alguna manera, el concepto de ciudadanía (ciudadanía universal, no sólo masculina). En palabras de Aziz Nassif, de “imaginar nuevas membresías que sean capaces de substituir las comunidades debilitadas” y de fortalecer a la sociedad civil, de manera que todos los miembros se sientan identificados con el Otro. Sólo así, observa, las ideas de igualdad y libertad serán suficientemente atractivas para todos.